Acoso escolar: apuntes desde el aula


La reciente puesta en servicio de un número de teléfono contra el acoso escolar ha devuelto el protagonismo a uno de los problemas más graves que afecta a la convivencia en los centros escolares tanto públicos, como privados y concertados. Sí; ningún estudiante, y por tanto ninguna familia, está libre de sufrir este problema.
Se lee y oye mucho sobre la cuestión en estos días y tengo la impresión de que algunos análisis no son fruto de un contacto con el problema siquiera ocasional. No es que el mismo sea imprescindible para llegar a conclusiones válidas; la reflexión puede tener una dimensión puramente intelectual, a partir de la investigación, del pensamiento, de la formación, que nos acerque a la realidad sin un contacto directo con la misma. Pero en materia educativa tengo el vicio de mirar alrededor desde la perspectiva que Korthagen llama el enfoque realista, esto es, la continua interrelación entre teoría y práctica. Y en asuntos tan complejos como este, creo que bregar con el problema nos sitúa en una posición ventajosa al tratar de sacar conclusiones prácticas sobre cómo abordarlos. 
Me atrevo a plantear la primera: los problemas difíciles no tienen soluciones sencillas ni rápidas. Esta obviedad implica una realidad muy difícil de aceptar en el entorno escolar: las medidas expeditivas de carácter exclusivamente sancionador no sirven para resolver el problema; bien es verdad que sí permiten excluir a quienes protagonizan los conflictos.
En Secundaria, la etapa en la que este fenómeno está más extendido,  para cuando se detecta un caso de acoso suele haber una trayectoria previa. A menudo el matón escolar ha asumido ya un rol que no se revierte en pocos meses: el de dominador del grupo mediante la intimidación. Como en cualquier otro aspecto a corregir del desarrollo psicológico y físico, cuanto más tardía es la detección más lenta y compleja es la solución. Y así abordar este tipo de casos sin conformarnos con el recurso fácil de las sanciones disciplinarias, que sólo posponen la solución del problema, exige un alto grado de madurez profesional y una enorme paciencia por parte de quienes lo sufren, al tener que tolerar provisionalmente situaciones que habitualmente son intolerables. Porque si le exigimos a un joven acostumbrado a acosar a otros sin sufrir consecuencias por ello, el mismo nivel de respeto de las normas y de las personas que se le pide a cualquier joven responsable y perfectamente integrado socialmente estamos trazando de hecho una línea roja que impedirá la solución constructiva del problema. Por desgracia en estos casos la escuela vive una de las realidades mas crudas de la deshumanización del mundo en el que vivimos: nos toca ocuparnos de los problemas que otros no han resuelto, incluso que otros han provocado, porque nos vemos obligados a convivir con el conflicto. Y con muchos menos recursos de los que se necesitan.
Uno de los pasos más difíciles que suelen ser precisos en estos procesos es un cambio de perspectiva que nos permita empezar a tratar como víctimas también a los acosadores. A menudo sufren realidades sociales y familiares mucho más duras que las agresiones que ellos mismos producen en la escuela. Lo que de ninguna manera supone aceptarlas ni resignarse a ellas. Pero si un acosador no siente que  puede confiar en alguna persona del entorno escolar, que va a recibir ayuda de algún miembro de la comunidad educativa, que puede encontrar apoyo para actuar con motivaciones diferentes a las que normalmente rigen su conducta, difícilmente se producirá algún cambio de actitud en positivo. Esta es una de las claves de la enorme dificultad que entrañan estos casos: conseguir ayuda para una persona que hace daño a otros, que incumple las normas más básicas de convivencia, que despierta rechazo en todo su entorno. Reunir el caudal de empatía y de generosidad necesario para afrontar colectivamente la imprescindible labor de mediación entre el acosador/a y el resto de la comunidad educativa es una de las tareas más ingratas que hemos de abordar cuando estamos intentando hacer realidad una escuela inclusiva. Es un proceso difícil, por momentos doloroso, lleno de pasos adelante y pasos atrás, que el propio interesado se encarga de sabotear en muchas ocasiones porque el papel de víctima en solitario frente al mundo puede llegar a ser un refugio cómodo e imposible de penetrar para los demás.Y también por la falta de recursos personales del propio acosador, acostumbrado a conseguir sus objetivos por medios violentos; porque siempre encontrará una justificación, una excusa para volver a insultar, a amenazar, a pegar.
Otra obviedad: nuestros actos tienen consecuencias y tenemos que asumirlas. Por más que podamos entender las motivaciones que las originan, no podemos aceptar la violencia física ni psicológica con resignación. Hay que combatirlas públicamente para que toda la comunidad sea consciente del rechazo que deben suscitar en nosotros. Y también porque la reacción colectiva es la que mejor nos protege de las agresiones. El primer objetivo contra el acoso ha de ser lograr que el alumnado no guarde silencio,  ni los afectados ni quienes les rodean; cuando perdemos el miedo a pedir ayuda, a hablar, empezamos a terminar con el acoso. También es muy útil desarrollar un dispositivo de alertas que permita que cada conflicto de convivencia vaya seguido de una intervención lo más rápida posible por parte de la comunidad; en este los mediadores escolares pueden jugar un papel muy valioso.
Pero las diferencias más profundas suelen aparecer cuando hay que decidir qué medidas tomamos. Algunos creemos que  hemos de atender antes a la evolución que a las acciones aisladas, de lo contrario siempre encontraremos argumentos para una sanción, que sería cada vez más grave porque suele ir acompañada de reiteración. Hay ocasiones en las que no podemos actuar de la misma forma con personas diferentes aunque los actos de ambas sean equiparables; si nuestro objetivo es integrar al alumno en la dinámica escolar. En la gestión de la convivencia también hay que hacer un enorme esfuerzo para personalizar las actuaciones en función de las circunstancias concretas, y la misma conducta puede ser objeto de medidas diferentes si el caso así lo aconseja. En los centros educativos no rige un código penal; estamos contribuyendo al desarrollo de las personas. Pero uno de los argumentos más frecuentes que oímos cuando no se aplica un rasero idéntico para todo el alumnado cuando hay un conflicto, es el miedo a la imitación de las actitudes contra la convivencia. Y la experiencia nos dice que el acoso no es contagioso; lo que se transmite con mucha facilidad es el cansancio ante la falta de recursos. Para quienes somos conscientes de las consecuencias de los recortes en Educación, especialmente en recursos humanos, no es una sorpresa la magnitud que están adquiriendo problemáticas como la que nos ocupa. Es preciso dedicar mucho tiempo, mucha energía, mucha esperanza a este tipo de casos y cada vez andamos más escasos de ellos.
Hay problemas que, o se resuelven colectivamente o no se resuelven, y entonces que se salve quien pueda. Pero nadie está libre de los conflictos de convivencia en ningún centro, en ninguna familia, en ninguna ciudad; los jóvenes que ahora están en la escuela en unos años conducirán sus vehículos por las vías públicas, pasearán por los centros comerciales de moda, seguramente irán al cine alguna vez, quizás a la playa, ... Y además tienen derecho a la Educación; todos.
La cruda realidad entra cada mañana por la puerta de los centros escolares del mundo entero; y hacerlos más humanos es uno de los grandes desafíos que abordamos cada día.

José María Ruiz Palomo

1 comentario:

  1. Esperemos trabajar juntos para que no se vean estos casos ya que las personas afectadas sufren mucho y les queda un trauma para el futuro... Enhorabuena por el blog

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